HABLAR CON LA GENTE por  Mercedes Rodríguez Cervantes

HABLAR CON LA GENTE por Mercedes Rodríguez Cervantes

Publicado el septiembre 10, 2012 en Cultura.

Hay gente tan diversa, tan diferente en la forma de ser, y de hablar. Por supuesto, la que tenemos a nuestro alrededor, en nuestro entorno, tu padre, tu hermano, tu tío… Incluso las amistades que tenemos, en alguna ocasión cuando se dirigen a nosotros para entablar una conversación, necesitan agarrarte del brazo. Pero no te lo sueltan, ¡ni que fuera de ellos! En el momento que se emocionan con lo que están contando te empiezan a tironear de un lado a otro, y ¡aún te aprietan más!

En cambio hay otro tipo de personas que cuando hablan, no paran de darte pequeños golpecitos, en el hombro, en el brazo, en la espalda… Vamos, que te está dando una paliza y tú ahí quieto aguantando, hasta que ya acaba con tu paciencia y piensas, “éste no me vuelve a dar más…”

Cuando le ves venir das un paso hacia atrás y dices bien, ¡me he librado!

Pero con el impulso que lleva le tienes que agarrar porque ¡está a punto de darse una leche contra el suelo! Viene con tanta ganas de toquetear, que menos mal que le cogiste a tiempo…

En cambio, hay personas que no paran de hablar, parecen que les dan cuerda… Ni siquiera te dejan hablar, vas a decir algo y siguen conversando más alto, como si estuvieras sordo. Si es que cuando te pillan por banda no te sueltan, aunque les digas…

“Me voy, que tengo prisa… tengo que ir a casa, me dejé el pavo en el horno, el pollo se me está quemando y el perro se meó en la bañera”.

¡Te sigue hablando igual! Pero lo peor, es que no te hacen ni caso, ni siquiera te escuchan, van a la suya… siguen, y siguen… ¡y te ponen la cabeza como un bombo!

Intentas dar un paso a la derecha para que cuando se descuide, te lanzas y te marchas, pero ¡qué va! Él da dos pasos hacia delante para cortarte la salida y que ¡no te puedas marchar! Esto es increíble, pero cómo te acorrala… una persona que te habla, que te habla… Tu cerebro está saturado, ya no puede recopilar tanta información. ¡Sigues intentando escabullirte pero no puedes!

Entonces es cuando decides no prestar atención a lo que dice, le miras la cara para que se imagine que le estás escuchando, y piensas en tus cosas… Tengo que hacer esto, lo otro… hasta que escuchas de fondo…

“¿Y a ti qué te parece?”

Ahí no sabes qué hacer… se te queda una cara de idiota mirando la luna, “y ahora, ¿qué le digo yo?” y le respondes tímidamente, “bien…”

Y el otro con la cara desencajada pregunta:

“¿Pero cómo puedes pensar que hace bien?”

Ahí te das cuenta que metiste la pata hasta el fondo e intentas rectificar…

“No, si yo también opino como tú, está muy mal… sólo lo dije para ver la cara que ponías…”

Dices intentando que no se note demasiado que no le has prestado atención.
Aquel se te queda mirando enojado, se da media vuelta y se marcha, ¡por fin! Pero qué mal le sienta qué no le hagas caso…
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De pronto te encuentras con un amigo que hace cuarenta años que no lo ves y le saludas.

“Hola ¿qué tal estás?”
Responde:
“Bien…”.
Insistes preguntando a ver si le sacas algo más…
“Tu mujer, y tus hijos ¿cómo están?”
Sigue respondiendo:
“Bien”.

Te das cuenta que todas las preguntas que le haces te contesta con monosílabos. Y si le haces más, ¡contestaría igual! Y piensas, el otro no había quien lo parara y éste, no me cuenta nada, al final le dices…
“Nos vemos en otro momento, me tengo que ir”
Y responde:
“Bueno”.

Y te quedas esperando que diga algo más, mientras sigues pensando…

“Pero que escueto, a éste hay que sacarle las palabras con sacacorchos, pero qué contrariedad con el otro, son el día y la noche. Lo que le sobra a uno le falta al otro. La próxima vez que me lo cruce le saludo y ya está”.

Aunque hay ciertas amistades que son las que hace tiempo que no sabes nada de ellos y estás totalmente desubicado. Te encuentras con uno y le preguntas:

“Hola, ¿qué tal? Cuánto tiempo ha pasado… ¿sigues disfrutando de la soltería?”
Y responde:
“No, me casé…”
Y tú que te alegras por él…
“¡Ah, qué bien! Estarás feliz…
“No, me divorcié hace dos años”.
Evitas preguntarle por ese tema, y saltas a otro.
“¿Y tu padre…?”
“Murió”.
Y piensas, va de mal en peor. Entonces se te ocurre preguntarle por el perro que tenía.
“¿Y aquel perrito lindo…?”
“Tuvo cáncer y también murió”.
“¡Joba, todo lo que le pregunto le traigo pena, y hasta se puso a llorar…! Pero ¿qué hago ahora?”
Le intentas cambiar el tema de nuevo…
“Qué lindo día hace…”
“Pero qué va a ser lindo si está lloviendo”.
Hay días así… todo lo que hablas se trastoca…

Aunque hay otra clase de gente que se pone a hablar tan cerca de ti que te asusta, ¡parece que te vaya a comer!

Pero lo peor no es eso, sino que cuando se dispone a hablar, tiene la ducha incorporada. Te salpica toda la cara, o cierras los ojos o te los nubla.

Y piensas, en cuanto llegue a casa me ducho, pero mientras tanto estás inmóvil, no sabes qué hacer. Esquivas las pequeñas gotitas que se le escapan y decides dar un paso hacia atrás para alejarte un poco, pero ¡qué va! Él da dos pasos hacia delante. ¡Ha sido peor todavía, ahora se ha acercado más! Ya no sabes con qué secarte, se te acabaron los clínex… y el que te queda ya lo tienes empapado.

Te agachas disimulando un poco para quitarte una pequeña arruga del pantalón y le salpica al de atrás, ¡que le mira con una cara de mala leche!
En ese momento te suena el móvil… ¡qué bien, la excusa perfecta para escapar del sifón de la ducha!

Después está esa gente que te encuentras para conversar, y te habla raro. Está el que se come las “eses”, el que se come las “be”, las “erres”, las “enes”, las “ce…” Hay gente que se come una sola, pero hay otras que se las come todas, no sabes si reírte o no… intentas disimular para que no se note… ya que no está bien reírse de las dificultades de los demás, pero hay algunas que resultan tan graciosas que no lo puedes evitar.

De pronto te encuentras con un andaluz que te habla y no le entiendes nada… Te pasas la primera hora intentando entender el dialecto. Lo mismo pasa con el argentino, el ecuatoriano, el peruano, el vasco, el gallego… o como el rumano, que se te pone a hablar creyendo que habla bien el español y no hay forma de entenderle…

Son situaciones muy comunes y dispares, en las que todos tenemos cabida. Y en la que nos hace pensar, ¿cuál es mi caso?

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