FIN DE CURSO

FIN DE CURSO

Publicado el junio 24, 2012 en Opinión. Programa

Si hay algo que le guste a un padre es ver a su retoño bailar en la fiesta de fin de curso.

Esa sensación de observarlos en el escenario paseando el disfraz de animalito, malabarista o bailarina, hace que el orgullo se crezca por dentro y afloren todos los sentimientos de ternura a los que cuesta mantener a raya para que no te traicione la lágrima.

Ver a la madre que te toca al lado, seguramente una magnífica profesional de lo suyo, moviéndose al ritmo de la canción y repitiendo como en un eco cada una de las estrofas de la letrilla, te hace sentir menos ridícula cuando reconoces que tú también te la sabes y que el propio bamboleo de tu cuerpo no pierde el compás con el de tu vecina de evento.

Luego al día siguiente, alguien te enseña un vídeo y es cuando te das cuenta de lo ridículo que estaba tu bailecito y de lo arrítmico del movimiento. Pero en ese momento no. En esos minutos que dura la actuación, en lo único que puedes pensar es en los ojillos que te buscan a través de la gente, esperando la sonrisa de admiración y el saludo que les dejará grabado en el álbum de la memoria que aquel día tú estabas allí, deseando estallar en un aplauso y rivalizando con las demás porque el tuyo es sin duda el más guapo, el que mejor baila, vamos, el perfecto.

Yo que soy muy de analizar las cosas, pienso que en el fondo el teatrillo del colegio se corresponde de alguna manera con el enorme escenario de la vida y que si algo tiene el momento de intenso es debido a que en la parte del corazón en la que se cuecen los temores, los padres sabemos que ese es el papel que tendremos que jugar siempre. Estaremos allí, apoyando, cosiendo la ropa para la actuación y animando con los poros de la piel si es necesario, pero todos tenemos la certeza de que una vez subidos al escenario, serán ellos los únicos responsables del tropiezo, de la risa o del aplauso.

Hoy es el día de ver las fotos y agradecer: a la seño que se curró el trabajo como cada año, a la familia que vino a aplaudir como loca y a mi niño que me hizo disfrutar de su risa.

Sé que esta vez me puse sentimental y no quiero convertirlo en costumbre, pero a tí, a ese que sonríe pensando en la exageración del sentimiento quiero decirte que algún día te tocará y te acordarás de mis palabras cuando despiertes en el patio de un colegio, bailando las canciones de Travolta o cantando, a voz en grito y en un tono desaforado aquella canción tan bonita que dice: “Un día Noé a la selva fue…”

Así es la vida.

M. O.

C
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